lunes, 4 de febrero de 2013

cocina fusion

A su llegada a México siempre tuvo una sola idea en la cabeza: tener el mejor restaurante de pastas de la ciudad. Él sabía que conquistar a la Ciudad de México, que pese a su geografía pequeña, es enorme, sería un gran reto, pero no para él quien se autoproclamaba el rey de las mismas ya que por sus raíces italianas, decía, nadie en todo México sabía hacer un penne rigate como él. Se sentía realmente orgulloso de su patria, y cada que hacia su deliciosa salsa bolognesa recordaba a sus padres y su pequeña casa en la región italiana de Bologna, recibía ese olor de ajo y cebollas fundiéndose junto con el tomate, se maravillaba con el rojo intenso y después aparecían esos finos y suaves trozos de carne de buey, creando toda una oleada de emociones y sentimientos que lo llevaban, algunas ocasiones, a derramar un par de lagrimas nublando su azul mirada. El día había llegado, las puertas del restaurante se abrirían para recibir numerosos comensales que morían de ganas de probar esas recetas que ellos asumían deliciosas porque el cartel así lo decía. El festín dio comienzo, los involucrados se extasiaban ante lo que encontraban sobre sus platos que al instante quedarían vacios. La cocina era un caos, salsa putanesca por aquí, sémola por alla, pero el chef con su poco más de metro con ochenta sonreía sin parar, el sueño se convertía en realidad, las treinta y dos mesas con sus cuatro sillas cada una estaban completamente ocupadas, así es, ciento veintiocho personas en un mismo lugar disfrutaban sus creaciones sin dejar sobras ¿Qué más podía pedir? Sin embargo, cerca de las cuatro de la tarde un comensal entró a la cocina, con su plato de tallarines a la putanesca, se dirigió al chef con paso seguro. Todos en la cocina miraban expectantes el encuentro, el chef mostro una palidez más allá de la acostumbrada, el comensal se postro frente a él y con una sonrisa añadió ¿Tendrás unos chilitos que me regales? Fin

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